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Rosquillas “isidras”

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Aunque el santo patrón madrileño se lleve el mérito, las rosquillas de San Isidro las creó la Tía Javiera (dicen que de Fuenlabrada, dicen que de Villarejo de Salvanés). Hay versiones, pero daremos las fetén.

La famosa Tía Javiera también se inspiró en recetas antiguas (las de Santa Clara son del siglo XV), pero tuvo mano y fama y ya sabemos que ahí está el éxito. De todas formas, si le da pereza ponerse manos a la obra, haga lo más inteligente: ¡cómprelas! Y sin miedo, porque ya hay opciones contra las alergias y las intolerancias.

Las rosquillas de San Isidro pueden ser tontas, listas, de Santa Clara y francesas.

A la Tía Javiera le corresponde las listas, que necesitan 250 gramos de harina fuerte; 3 huevos, 75 gr. De aceite frito y frío, 100 gr. de azúcar, 1 copa de aguardiente, 1 cucharadita de anís en grano, tostado, 5 gr. de levadura en polvo. (Se dispone algo de harina por si se necesita para la masa, y un poco de azúcar para preparar un almíbar).

Se baten los huevos y el azúcar hasta el punto esponjoso. Se incorporan el aceite, los anises (molidos), la copa de aguardiente y se mezclan. Luego se agrega la harina con la levadura. Se elabora una masa que se pueda trabajar hasta que, sin perder su consistencia pegajosa, se desprenda de las manos.

Se separan porciones pequeñas de la masa y se hacen bolas que se extienden un poco para crear roscos (no es necesario que quede un gran hueco central). Se llevan a horno fuerte, donde aumentarán de tamaño a medida que se hagan.

Se hace un almíbar y se reserva. Se prepara la cobertura final: 1 clara y 150 gr de azúcar glas fina, 2 cucharaditas de zumo de limón, que se baten durante 10 0 15 minutos. Cuando blanquea se agrega una cucharada de anís y otra de agua y se bate todo suavemente. (Si se quiere que salgan amarillas hay que añadir yema de huevo).

Fuera del horno, las rosquillas se pasan por el almíbar y luego se colocan en una fuente; se bañan con el preparado blanco y se dejan cerca de la puerta del horno para que se sequen. Es mejor colocarlas sobre una rejilla, de forma que escurra el exceso de cubriente.

En la versión que recoge Joaquín de Entrambasaguas, las rosquillas se hacen a horno suave y después de sacarlas y enfriar, se ensartan de doce en doce con un cordel o hilo blanco grueso y es entonces cuando se sumergen (poco tiempo) en el preparado blanco. Luego se cuelgan para secar y una de sus gracias castizas es tener que despegarles el cordel que se haya quedado incrustado. Se acompañaba entonces de blanco de Arganda o rancio de Getafe.

Las rosquillas tontas utilizan 6 huevos, 250 gr de harina floja, ½ dl de aceite frito y frío, 1 cucharada de anís tostado y molido y 150 gr. de azúcar, más huevo para pintar las rosquillas antes de ponerlas a horno fuerte, tras dejarlas descansar después de amasarlas unos 15 minutos.

Las de Santa Clara se bañan en merengue y las francesas se rebozan con grano de almendra.

Lo dicho, si no tiene una receta familiar que le guste lucir: ¡cómprelas!

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