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Las curvas de Botero

Agatha Christie aconsejaba a las mujeres casarse con un arqueólogo, como había hecho ella en segunda vuelta. En su opinión, eran los únicos capaces de admirar lo que le sucede a una con el paso del tiempo.

Esta idea tan luminosa hay que completarla con la teoría de Fernando Botero sobre la gordura. Cuando le dicen que pinta gordas (y gordos) se queda perplejo, incluso molesto por el tópico, porque lo que él aprecia son volúmenes expresivos y lo que busca a la hora de enfrentarse al pincel/cincel es una forma expresiva divergente. Ya saben.

El caso es que, ajeno a modas y tendencia, sus orondas criaturas se sirven de sus volúmenes tridimensionales para plasmar la nostalgia, la mirada cordial o irónica  las cosas, el homenaje a los maestros del arte… y también la crítica más dura quienes abusan del poder de una forma o de otra. No nos olvidemos de sus llamados cuadros del horror, donde se recuerdan las torturas de los soldados presos tras la caída de Saddam Hussein en la cárcel iraquí a Abu Ghraib, por algunos guardianes norteamericanos.

La faceta de escultor

La pintura es la dedicación primera de Fernando Botero (Medellín, 1932). A la escultura se acercó entre 1963 y 1966, para no volver a ella hasta 1973 y con gran intensidad los años 1976 y 1977. Su obra escultórica, desde entonces, está en la línea de sus cuadros, aunque se considera que es más experimental. Está muy influenciada por artistas coloniales del siglo XVIII, como Caspicara (Manuel Chili), un escultor barroco ecuatoriano de la Escuela de Quito, y Aleijandinho (Antonio Francisco Lisboa), representante del barroco minero de Brasil, referencias que no le molesta mezclar con Henry Moore, Elie Nadelman o Gaston Lachaise, cuya fuerza encaja con su afán expresivo.

En Madrid disfrutamos a plena luz de tres esculturas de Botero. Pertenecen a diferentes momentos, pero formaron parte de las 21 elegidas para la exposición Botero en Madrid, en la primavera de 1994.

Mujer con espejo

La acogida fue extraordinaria y el artista colombiano, agradecido, regaló una de las piezas a Madrid: Mujer con  espejo (arriba). Es una opulenta belleza de aire clásico, aunque aquí el canon se multiplique por esas cifras áureas que solo conoce el escultor. Realizada en bronce fundido, tiene los ojos cerrados, pero no está dormida, porque no suelta un minúsculo espejito que difícilmente puede reflejar sus formas rotundas.

Está situada en el Paseo de la Castellana, en el cruce de la calle Génova con la Plaza de Colón, ajena al tráfico diario, especialmente en las horas punta. Su ausente placidez nos despierta cierta envidia y merece que no pasemos apresuradamente a su lado. Es de bronce y pesa 1.000 kilos.

En enero de 2013 apareció tapada con una manta elaborada por unas activistas del ganchillo (Lanna Connection), que utilizaron un patchwork de 160 piezas, más 150 pompones. Fue una intervención rápida y solidaria por aquello del frío madrileño.

 

 

La Mano

La escultura de La Mano hace pensar en el (o la) gigante a la que podría pertenecer. Qué dimensiones. Aunque su palma regordeta y algo infantil hace que nos confiemos, tal vez demasiado.

Formaba parte también de las 21 piezas expuestas en 1994, pero esta vez la compró Telefónica por unos 422.000 euros. Sigue siendo propiedad de la compañía, aunque la cedió para su exhibición permanente en Madrid. Se encuentra en el Paseo de la Castellana, delante de la fuente de San Juan de la Cruz, y frente al Museo de Ciencias Naturales. Es también de bronce y pesa unos 500 kilos.

 

 

El Rapto de Europa

Para ver la tercera escultura, El Rapto de Europa, hay que irse hasta el aeropuerto de Barajas. La compró AENA (Aeropuertos Españoles y Navegación Aérea), junto con un Caballo y una Mujer Recostada, que fueron a parar a los aeropuertos de Barcelona y Palma de Mallorca. Las tres son piezas notables en bronce y esculpidas en 1992.

El Rapto muestra el respeto de Fernando Botero por los motivos clásicos, aunque reelaborados. El secuestro de la joven Europa por el dios Zeus (bajo la forma de toro) aparece en griegos y romanos y en la gran pintura europea. El artista americano lo adopta y lo adapta: no hay aquí desesperación por parte de Europa, ni prisas en el toro, dos figuras macizas y contundentes. Creta puede esperar. Aunque no tanto como los aviones.

Fernando Botero donó 105 obras propias al Banco de la República de Colombia, que gestiona el patrimonio artístico nacional. Para ver obra y trayectoria, http://www.banrepcultural.org/museo-botero

 

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